Producciones no domesticadas

Narrativas laberínticas y rizomáticas

La rabia

Rabia Un “extraño”, el ajeno, construye en su extrema e imposible alteridad la identidad de los moradores. Lugar político que pone en cuestión la relación nativo-ocupante. La observación desde adentro “del de afuera”. Unheimlich- heimlich, nunca tan bien retratado. Lo desconocido, el secreto en la intimidad del hogar; un hogar siniestro…


RABIA
Sergio Bizzio
ISBN: 9789875663510
Editorial: Debolsillo
Clasificación: Ficción y Literatura
Páginas: 224, Buenos Aires 2008.
por Ana Arzoumanian
Acusado de un crimen, el personaje se aloja en un lugar absolutamente siniestro. Algo del Dostoievski de las Memorias del subsuelo; lo humillado en un monólogo que, ahí donde en Fedor Dostoievski no tiene nombre, aquí lleva el nombre de mujer, María. Nombre de la virgen, y también nombre de las mujeres de los melodramas: María y Rosa. Lo masculino feminizado ese sujeto pasivo que recorre la casa en sigilo. Se trata de la privación de la libertad. Tengo “una debilidad nerviosa femenina” dice el personaje de Dostoievski. Aquí, algo indolente más que sufriente; así inventa el protagonista a su amada Rosa.
Avanzo en la lectura; pierde el carácter dostoievskiano, se acerca más, mucho más, al melodrama y su recorrido por las mujeres sometidas. La fantasía de la mucama, mucama violada por el señor de la casa, seductora, ama al protagonista y seduce a su opuesto Israel. La madre de María: una mujer que abandona. La mujer del padre: una insoportable. Él vive con un homosexual: el único que puede albergarlo. La dueña de casa una borracha que se pasea medio zombie por la casa.
El tiempo pasa pero las fantasías se tejen en la misma urdimbre, mujeres encerradas que, por una acción no elegidas por ellas, terminan siendo despiadadas. El personaje sufre por esa mujer. ¿Sufre o goza del hecho que ha sido violada, seducida, seductora? El ocupante, extranjero, se llama José María, pero le dicen María; recurso que utiliza Bizzio para remarcar la ajenidad de un nombre de mujer que “encierra” el del varón, José.
Como si estuviésemos ante los elementos con los que trabaja el cineasta mexicano Ripstein, pero sin el tono barroco de perfil trágico; más bien, una vibración irónica.
¿Será que todavía resulta difícil imaginarse mujeres libres? Quizás la rabia de Bizzio sea que la mujer se “le escape”, de ahí el deseo de encerrarla: violada, seducida, sometida.
“Le dolía no poder decirle que estaba viviendo con ella”.
Entonces es una versión de Ojos bien cerrados de Stanley Kubrick. Si se vive con ellas, se las ve violadas, viciosas. Si se vive con ellas, a ellos les agarra rabia. Si se vive con ellas y ellas tienen un hijo (en general siempre tienen un hijo de otro) ellos terminan muertos, pensando que ellas sólo fueron un invento de tanto verlas, estar observándolas.
El personaje muere por la rabia que le transmite una rata a la que él hablaba, con la que él mantenía diálogos (¿rata- mujer?).
Un miedo que se transforma en rabia. Un miedo ancestral de “ocupar” el cuerpo de la mujer. El miedo de ser siempre extraño. Ante la dificultad de adueñarse, la virilidad se come a sí misma en ese último gesto de rabia. Queda una cierta ternura por ese hombre que mata a todos los hombres por culpa de las mujeres y una esperanza, que el hijo varón sueñe con otra historia.
Ana Arzoumanian

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Written by Carina Maguregui

10 mayo 2008 a 4:40 PM

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