Producciones no domesticadas

Narrativas laberínticas y rizomáticas

EL AMOR ¿PALACIO DE ESPEJOS?

El riesgo de un discurso de amor, de un discurso amoroso, proviene sin duda sobre todo de la incertidumbre de su objeto. ¿Hablamos de la misma cosa cuando hablamos de amor? ¿Y de qué cosa? La prueba amorosa es una puesta a prueba del lenguaje: de su carácter unívoco, de su poder referencial y comunicativo. Se trata de saber si, al hablar de amor, hablábamos de la misma cosa. ¿Y de qué cosa? Al confesarnos enamoradas, ¿revelábamos a nuestros enamorados la verdadera intensidad de nuestra pasión? No es seguro; pues, cuando ellos a su vez se declaraban enamorados de nosotras, no teníamos nunca la certeza de lo que eso significaba exactamente para ellos. Esto no es nada… si un día como hoy quiero pensar en la subjetividad de eso llamado amor voy corriendo a los brazos de Julia Kristeva para que me explique… como si se pudiese explicar algo sobre el amor!!!!!!!!!!


La ingenuidad de este debate encierra probablemente una profundidad metafísica o, al menos, lingüística. Más allá de la revelación -una más- del abismo que separa los sexos, esta interrogación insinúa que el amor sería, de todos modos, solitario, ya que es incomunicable. Como si en el preciso instante en el que el individuo se descubriera intensamente verdadero, extremadamente subjetivo, pero violentamente ético por cuanto está generosamente dispuesto a hacerlo todo por el otro, descubriera también el cierre de su condición y la impotencia de su lenguaje. ¿No son dos amores esencialmente individuales, y por tanto inconmensurables, condenando así a la pareja a no encontrarse más que en el infinito?
(…)

Llave

En fin, hablar de amor sería, quizá, una simple condensación del lenguaje, que, después de todo, no provoca en el destinatario más que sus capacidades metafóricas: todo un diluvio imaginario incontrolable, inexpresable, cuya llave sólo posee el amado, aunque no lo sepa…¿Qué comprende él de mí? ¿Qué comprendo yo de él? ¿Todo, como se tiene tendencia a creer en los momentos de la apoteosis de nuestra fusión, tan completa como inexpresable? ¿O nada, como pienso yo, como puede decir él al primer descalabro que viene a zarandear nuestros vulnerables palacios de espejos…?

Sin embargo, se puede hablar de un amor, del Amor pero hay que admitir también que, por muy vivificante que sea, el amor siempre nos quema. Hablar de él, aunque sea después, no es posible más que a partir de esta quemadura. Consecutivo al exorbitante crecimiento del Yo enamorado, tan extravagante en su orgullo como en su humildad, este desfallecimiento exquisito está en el corazón de la experiencia. ¿Herida narcisista? ¿Prueba de la castración? ¿Muerte? Son brutales las palabras que aproximan a este estado de vivaz fragilidad, de fuerza serena que emerge del torrente amoroso, o que el torrente amoroso ha abandonado, pero que sigue encerrando, bajo sus aires de supremacía reconquistada, un punto de dolor tanto psíquico como físico.

Este punto sensible me indica -por la amenaza y el placer con que me acecha, y antes de que yo me encierre, provisionalmente sin duda, en la espera de otro amor que de momento imagino imposible- que en el amor “yo” ha sido otro. Esta fórmula que nos conduce a la poesía o a la alucinación delirante sugiere un estado de inestabilidad en el que el individuo deja de ser indivisible y acepta perderse en el otro, para el otro. Con el amor, este riesgo, por lo demás trágico, es admitido, normalizado, asegurado al máximo.

El dolor que permanece es testigo de esta aventura, de hecho milagrosa, de haber podido existir por, a través de, con vistas a otro. Cuando soñamos con una sociedad feliz, armoniosa, utópica, la imaginamos construida sobre el amor, puesto que me exalta a la vez que me supera o me excede. Sin embargo, lejos de ser entendimiento, el amor-pasión equivale menos al plácido sueño de las civilizaciones reconciliadas con ellas mismas que a su delirio, su desunión, su ruptura. Frágil cresta donde muerte y regeneración se disputan el poder. (…)

El amor es, en suma, un mal a la vez que una palabra o una carta.
Lo inventamos cada vez, con cada amado forzosamente único, en cada momento, lugar, edad… O de una vez por todas.

Extractos de Julia Kristeva, Historias de amor, Siglo Veintiuno Editores, séptima edición en español, 1999. (Primera edición en español, 1987; primera edición en francés, 1983, Éditions Denoël, París).

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Written by Carina Maguregui

11 abril 2007 a 3:21 PM

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