Producciones no domesticadas

Narrativas laberínticas y rizomáticas

Caer y volver a confiar…

¿De qué habla Partes del Mundo? El nuevo libro de Sandra Cornejo no revela de manera inmediata a qué alude y en esa aparente dificultad reside la promesa para el lector. La poesía aparece aquí no como confirmación que nos tranquiliza, sino como camino de indagación y de conocimiento. Hay un decir que interroga el lugar del linaje; según el diccionario, linaje es ascendencia o descendencia de cualquier familia; cada uno se construye a fuerza de intuir el propio origen. Busca los ancestros sobre los que “hay que descorrer el velo“, aquellos “dioses afines” con los que se podía acordar. No es la idealización ingenua de un origen o tiempo anterior descontaminado al que aluden los poemas de Partes del Mundo. Más bien, parece tratarse del reconocimiento de partes que nos habitan, partes que somos hoy; existe en nosotros un mundo velado, no perdido, habitado por pulsiones y certezas que la poesía puede nombrar con singular eficacia, o que resultan difíciles de enunciar en otro lenguaje.

Pueden volver entonces, “aquellos monstruos sin pies” de la infancia, sobre los que, advierte la poeta , “habrá que empezar a construir la frase“.

En el poema “sobrevivir a la especie“, Sandra Cornejo propone “alcanzar la raíz del ciprés / y en su cúpula, / donde el oxígeno / vadea la incertidumbre / virar”. Si lo que se alcanza es la raíz, se puede virar en la cúpula, es decir cambiar, arriesgar, perder, “caer y volver a confiar.”

Lo perdido -lo que nos separa, dice la poeta- puede ser restituído a través del lenguaje ; mediante la palabra, “retoma la sutura / cose / la tela que será de alguna forma mejorada “.

En su libro anterior, Sin suelo, Sandra Cornejo decía textualmente: “creíamos en las ciudades/ el otro mundo / la otra cara del mundo./ Guardaríamos allí las máscaras/ Nunca ocurrió”. Las ciudades, las reales y aquéllas que habitamos como “promesas de realización” permiten guardar las máscaras un tiempo perentorio. Pero luego, si se es valiente, se abdica del reino, para decirlo con palabras de ese mismo libro.

Perdido el reino -la impostura, el artificio, las máscaras- se pueden habitar “tierras más bajas“, pantanos donde brota “la flor del loto”, como enuncia uno de los epígrafes.

Hay un tiempo, mitad de la vida, en el que pareciera que los caminos ya están fijados y solo resta recorrerlos. Sandra Cornejo no lo supone así y advierte que cualquier linealidad resulta ilusoria; el camino no es unívoco, no es el lugar ya trazado.

“Ahora/ que nuestras presencias transitan /descalzas, inermes, casi libres/ lo que no es un sendero/ no sentimos miedo./ Miedo era presuponer qué ocurriría”.

Los miedos que nos traban ocurren antes de arribar a ese estado que nos deja fluir, de habitar “esa segunda inocencia que da el no creer en nada“, como decía Antonio Machado.

Ser inocentes aquí/ ése era el deseo“, es la Gracia que invoca Sandra para vivir “solo un día, y otro, / cada día”. Y se pregunta “cómo arrancarnos/ de donde nadie puede arrancar a nadie? Un presente, claustro o huerto, donde ensayamos “una despedida / que quizá habla de otras cosas”.

En Partes del Mundo, Sandra Cornejo articula con delicadeza y pudor un yo que no se enuncia en primera persona. No define su arte poética desde una preceptiva personal sino que la formula a través de un diálogo con la poeta norteamericana May Sarton.

Porque lo que más deseo es permanecer”, dice Sarton. Sandra pregunta entonces sobre la posibilidad de esa permanencia, en un mundo acechado por la fugacidad, donde pueden desaparecer hasta el papel y la lumbre, donde lo que nos habla puede ser solo “un remoto quejido en la espesura”.

Ante esa amenaza, se responde, “deberíamos igual escribir/ sobre la oscuridad/ como lo hace la luz del pabilo”, en una afirmación en la que la escritura recupera su rango de necesidad como lo entendía Rilke en su carta al joven poeta.

Saber que se escribe a oscuras puede ser una forma de permanencia en este surco – la poesía- “donde todas las partes del mundo se cruzan “.

por Raquel Sinelli (*)


(*) Periodista y poeta, nació en Pergamino, publicó El Día Pleno (Nusud, 2003). Reside en La Plata.



Algunos poemas de Sandra Cornejo

Cacerías

Cuando tus ojos fueron semejantes
migró el paisaje hacia los tonos
naranjas.


Era invierno.


Los gatos salvajes desgarraban
sus cacerías.
Quietos
en una
enrarecida hierba
los alerces desamparaban el gemido.


En la mañana
algún tendón, una brizna
un órgano minúsculo

emparentaba la sangre
con la sangre.

Donde se suponía debían de
crecer
las amapolas
los perdigones estallaban


dura edad
en esos ojos.


Anfibio

Aletea el anfibio en la celda
flotante de su infancia.


Las sitiadas manos
– que aún hoy
pretenden eludir a las bestias –

empujan los precarios remos.


Nuestra barca es apenas un símbolo
en medio
de la intensa
marejada.


Si pudiera quebrantarle
la pena
si desmembrarle de sus
rastros
pudiera.


Especie que te yergues


aléjate del niño


o seguiremos


de vida en vida


la muerte.


Pánico primitivo

Como en una velada fotografía
sólo percibe el contorno
de sujetos
invisibles
no sabe en cuál fragmento
aparecerá la imagen
que refleje la
fijeza
del miedo.


En estas tierras
alejadas prematuramente
de las águilas
caminamos
hacia atrás
como cangrejos.


De herrumbre y fango
se nos proveyó un hábitat
incierto.


Como cangrejos
caminamos
temprano los bordes
de la humedad
de
enero a enero
año tras año
mientras canta el pequeño pájaro

negro
entre los arándanos.


Comunión

Los más hermosos colores en el fuego
del pasado reciente.


Astillado ícono
el de tu nombre y su nombre
estableciéndose
anagrama.
Su espalda sin tu espalda
descansa contra el cruzado madero de
los rieles.
Alabanza
a punto de asolar
la extenuada caminata.


Inexorable ausencia.


El agua diluvial
no dulcifica la pira de tu pensamiento:
aviva el
incendio, lo enciende.


Ungir el corazón común
en la plena tersura del olivo,
tal vez eso
aquiete.
Tal vez, de la resina, el rocío
se hinchen las encrespadas
venas
y se levanten.


Habrías aguardado
burra calma sin queja
habrías evitado el
arremetimiento,
la laceración:


eso llora la perruna soledad
en la lluvia que yace
sobre el

cuerpo que
cae.


Agonía urbis

La ciudad y sus ruines.
Sus fugitivos. Su caos. Su caduca belleza.
Su
austeridad de paisaje
sus siete círculos indelebles.


La ciudad y su negra corona,
su agorafobia,
sus autovías, sus
fantasmales villas,
su iniquidad, sus lámparas quemadas,
su olor
lunar.


Lejana del acero,
donde el pelícano sonríe aún,
la huérfana cava,
turbulenta,
donde antes la honrada sensatez moraba,
la huérfana
repta,
desgarra:


madre.


Ciudad señuelo
ciudad ultraje.


Séptimo cielo (*)

En su acorralado cansancio
sumergió el alma allí donde el Leteo
en sus
góndolas conmueve
y mece.


No temió ni la estampida ni el bramido.


No fue abandonada al poder de la muerte.


Quienes eran su tierra sembrada
miran
buscan donde nada hay.


Salvo el amor.



(*) “…los héroes míticos toman su impulso hasta el séptimo
cielo
“.

Partes del Mundo, Alción
Editora
, 80 páginas, mayo de 2005.

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Written by Carina Maguregui

22 junio 2005 a 2:22 PM

Publicado en Textualidades

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