Producciones no domesticadas

Narrativas laberínticas y rizomáticas

Padre e hijo, el amor total

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En el Festival de Cine Independiente ví Padre e hijo del ruso Alexander Sokurov. ¡Qué difícil hacer un comentario sobre esta peli! De todos modos, lo intentaré. A mí me gustó mucho, pero realmente no sabría decir qué va a sentir la gente cuando la vea. Al igual que Madre e hijo, del mismo director, es un film que yo no me animaría a recomendar, a pesar de que ambas películas son hermosas y a mí me tocaron profundamente de un modo no convencional. Lo que no recomendaría es justamente lo que más me interesa del funcionamiento de este film: te da una sacudida muy sutil, diría casi inconsciente, pero comprendo que tanto Madre e hijo como Padre e hijo no son películas a las que la mayoría esté acostumbrada.


Padre e hijo (2003) es parte de la trilogía de las relaciones humanas compuesta por Madre e hijo (1997) y una secuela que cierra el trío de películas que está en preparación y se llamará Dos hermanos y una hermana. El que me ocupa es un film sobre la relación de un padre y un hijo. Cuando salí de ver Madre e hijo, cuando ví Elegía de un viaje, cuando ví otras películas de Sokurov en el ciclo del cine Cosmos y ahora ésta me pregunto cómo hace Sokurov para plasmar en celuloide un concepto tan abstracto e inasible como lo es el tiempo (algo de ello lo había logrado Andrei Tarkovski en sus filmes y algún que otro director intermitentemente en algunas películas) pero según mi mirada personal lo distintivo de Sokurov -y quizá lo que más me conmueve y asombra de él- es cómo logra expresar el tiempo corporalmente, de modo orgánico.

Los movimientos, los gestos hieráticos, la mueca del silencio o en su defecto los diálogos telegráficos despojados al máximo, las caricias, incluso los golpes o zamarreos, las posturas, las miradas, los roces están impregnados de tiempo y dictan el tiempo del film, son todos elementos-vectores de un tiempo “otro” que se traslada a los ambientes, a las calles, al paisaje urbano. Hay una cadencia onírica (mucho menos presente que en Madre e hijo donde dominaba las escenas de comienzo a fin porque la situación dramática allí lo permitía) pero aquí hay una atmósfera del je-ne-sais-quoi que campea todo el film.
El modo en que se relacionan ese padre y ese hijo es muuuuy difícil de describir y creo que ha sido filmado con honestidad y valentía, pues es un amor que no reconoce límites. De allí que el horror ante la posible pérdida del último amor incondicional (ante la falta de una madre), de un amor-todo que es el del padre -o el del hijo porque resultan intercambiables- alcanza sinuosidades y toca bordes muy interesantes.

¡Qué maravilloso film!, sabemos que es así, se debería poder racionalizar ante el drama de la pérdida -siempre inminente- más si se trata de la pérdida de un amor incondicional. Habría que intentar trabajar la circunstancia ante la ausencia, que en bruto, en humano, es la gran tarea de la vida: “¿qué ante la pérdida?, ¿qué?”, cuando en realidad la vida es constante pérdida -diría el budismo, impermanencia-. Se puede, pero en el “mientras tanto hay sólo dolor” -la vida es eminentemente sufrimiento, diría también el budismo-.

Maravilloso, porque un film así, demuestra muy poéticamente, sugiere, lo único real que conocemos: la soledad, la isla propia (dentro-del-cuerpo-solos). Quizá únicamente en los casos de incondicionalidad, de amor incondicional, se está menos solo en el cuerpo propio, pero en definitiva, no es más que un espejismo, porque el padre sueña la pesadilla del hijo: están solos.
Después podemos analizar las contracaras de aquello que consideramos soledad, y que en realidad, trabajando el alma, el cuerpo, el ego, deja de ser tan soledad. Aspiración: cuando uno y otro piensan en el bien del otro, dejan de estar tan solos ¿no? Se diría que la soledad es menos soledad cuando el ser- se-da- al -amor. En definitiva, cuando lo que significa más es lo otro y no lo uno. La entrega.

Cada persona es un mundo (o más bien, varios mundos) y dentro del mío Padre e hijo funcionó. Al igual que Madre e hijo tocó teclas, movió hilos, pasó por heridas y al mismo tiempo sanó. No es poco. Pero soy yo… no sé la gente.

(*) Padre e hijo, 2003, 94 min., 35 mm
Zero film, Nikola-film,
Ministerio de Cultura de la federación Rusa
Guión: Sergey Potepalov
Director de fotografía: Aleksandr Burov
Director de arte: Natalya Kochergina
Diseño de sonido: Sergey Moshkov
Editor: Sergey Ivanov
Compositor: Andrey Sigle
sobre temas de Peter Chaykovsky
Actores no profesionales: Andrey Shchetinin, Aleksey Nejmyshev, Aleksandr Razbash, Fedor Lavrov, Marina Zasuchina

RECORDANDO MADRE e HIJO

Hay películas excelentes, muy buenas, buenas, regulares y, por supuesto, malas llegando hasta el otro extremo del abanico que es la escoria. Pero hay una que está más allá de cualquier categorización y es Madre e hijo. Podría decirse que casi no es una película sino una verdadera experiencia onírica.

El film del ruso Alexander Sokurov no puede mirarse sino simplemente -como si fuera simple- sentirse. Nunca antes había experimentado unas imágenes así. Quizás algo semejante me ocurrió con algunas secuencias de los films de Tarkovski (otro ruso de pura cepa, en filmes como El espejo, Stalker o Nostalgia) pero aquí la sensación fue ininterrumpida.
Madre e hijo es lo más parecido a una exhalación, es una estrella fugaz hecha cine, es el vapor que un cuerpo despide de sí, es la poesía de la agonía, es la verdad de la vida.

En el sueño que Sokurov nos hace soñar, los paisajes exteriorizan de alguna manera el estado de ánimo de los dos protagonistas. Hay un enrarecimiento de la imagen -a través del uso de filtros y lentes especiales- que contribuye a darle cuerpo y carnadura a esas emociones tan privadas e imposibles de narrar con palabras. Porque verdaderamente no existen las palabras que puedan explicar lo que estas dos personas están viviendo/muriendo.
Hubo planos que me recordaron mucho a la angustia que puebla las pinturas de Edward Munch, como un grito contenido pero de tal fuerza que lo deforma todo.

No es una película lenta, sino más bien, una película de tiempo exclusivamente emocional. Los planos no tienen una duración convencional porque lo que allí está pasando no es mensurable sino desde el espíritu. ¿Cómo se siente en el alma el tiempo de la agonía o el tiempo del amor? Ese transcurrir es patrimonio del tiempo emocional que resulta físicamente intraducible.

Existen muy pocos films con imágenes como éstas, imágenes de las que se desprende esa búsqueda mutua, ciega y titubeante de la materia y el espíritu: más allá de la imagen-movimiento. Deleuze diría que eso es lo que “nos hace aún piadosos”. Lo que se ve allí es la bifurcación del tiempo,ŽCronos y no CronosŽ. Es la poderosa vida que encierra al mundo.

Y de eso se trata, es un film sobre el mundo, el tiempo y el amor. A través de esas imágenes podemos intuir que “el tiempo no es lo interior en nosotros, sino justo lo contrario, es la interioridad en la cual somos, nos movemos, vivimos y cambiamos”. (¿Es que los muertos nos pertenecen o somos nosotros quienes pertenecemos a los muertos? ¿Y los amamos contra los vivos, o para la vida y con la vida?).

Creo que el mayor logro de Madre e hijo es que nos muestra cómo habitamos el tiempo y nos movemos dentro de él. Es el tiempo el que nos lleva, nos recoge y nos ensancha.

Pero para poder intuir semejante cosa es preciso que la fuerza de la vida se comunique a toda la manufactura para que el mundo, por su lado, deje de ser un medio amorfo achatado que se detiene al borde de un abismo y revele en sí potencialidades infinitas. Por eso, en Madre e hijo los paisajes hablan. Por eso, el dolor mismo se disemina por los caminos, y las voces suenan tan humanas, inmersas en un coro sutil de grillos, brisas, pájaros, alguno que otro ladrido en la lejanía, el crujir de la hojarasca seca, todo preparado para recibir a ese cuerpo que ya no puede.

La naturaleza entiende. La corteza de los árboles acoge el llanto. El cielo ya lo sabe y lo preanuncia con las nubes negras que lo van cubriendo todo y los remolinos del camino levantan el polvo que es hacia donde todos vamos. Esa mano, dueña de la última arruga donde se posa la mariposa, recibe el único grito del hijo.

Madre e hijo o la experiencia devastadora y maravillosa de un ciclo que concluye con naturalidad.

(*) Madre e hijo, coproducción ruso-alemana, 1997, 73 minutos, Dirección: Alexandr Sokurov, Guión: Juri Arabov, Fotografía: Alexei Fyodorov, Intérpretes: Gudrun Geyer y Alexei Ananishnov.

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Written by Carina Maguregui

26 abril 2004 a 2:08 AM

Una respuesta

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  1. Tenía necesidad de encontrarte Carina y te busqué en tu página, y en el tema que nos conecta en esta vida, a través de mi relación con tu madre.
    No he visto estas películas que comentás pero he vivido y he gozado y padecido los mismos gestos, miradas, silencios, caricias, entregas, pérdidas y agonías de la relación con los míos: madre, padre, hijos, nietos, amigos, etc. sólo asistiendo al banquete-duelo de la propia vida.
    A. Sukurov acierta con relación a climas, fondos , paisajes y colores que rodean necesariamente a estados incommensurables de los más profundos sentimientos del ser intangible que somos, dado que no podría separar el fin de mi madre de aquel mediodía apenas soleado, y el olor de su sangre salpicando las baldosas del pasillo de entrada. Tampoco el viento helado atravezando mi tapadito azul y el rítmo interminable de los cascos de los percherones blancos que llevaron a mi companerito de Jardín al nicho, mientras pensaba “mi soledad-ahora”, saboreando moco y lágrimas y borrosamente caminando de la mano de mi madre por la calle Corrientes, derecho.
    Pero rescato algo cercano porque se sobrevive del horror con lo que describe la vida para salvarnos: ayer sábado, Calesita del Parque Rivadavia, tanque de guerra y sentados volanteando Lucero,Matías y Candelita acariciando a su primo mientras Sergio(32)y Javier(34) sentados en el piso de la calesita, vociferaban alucinados, desentonando a penas para sus hijos “…en el auto de papá todos vamos a pasear”… Y el sol brillaba mientras sentí otra vez el sabor de moco y lágrimas con otro sabor, sentada por Rosario derecho.

    Dori

    6 junio 2004 at 3:59 PM


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