Producciones no domesticadas

Narrativas laberínticas y rizomáticas

Ítaca, el poema/isla de Francisca Aguirre

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La circunstancia de que el primer libro de la escritora española Francisca Aguirre (Alicante, 1930), Ítaca, se publicara muy tardíamente (1972) y el hecho de que tanto éste como los posteriores aparecieran en colecciones de muy limitada difusión han determinado que su obra poética haya conocido sólo una atención restringida. A continuación una reseña de Ítaca y algunos de sus maravillosos poemas.

Desde la aparición de Ítaca, donde la autora elabora una especie de epopeya de lo cotidiano, buceando en las contradicciones y servidumbres de la relación amorosa, en la obra poética de Francisca Aguirre se evidencian dos constantes: de un lado, la persistencia de un mundo reconocible y compacto y, de otro, la constatación de un proceso de ahondamiento dentro de una visión existencialista de la vida.

Si bien ambas cualidades no definen de por sí la naturaleza de una obra poética ni establecen baremos de calidad, sí es preciso afirmar que todo poeta verdadero construye un mundo propio e identificable, desdeña lo prescindible y su obra evoluciona por ahondamiento (casi siempre en las claves y obsesiones que dieron lugar a sus primeras obras).

Francisca Aguirre es un exponente rotundo de esa dualidad, una muestra evidente de una poesía que huye de la dispersión, que evoluciona en la búsqueda del núcleo, de la médula de la existencia humana, de la existencia propia. (…) Un tono melancólico y, a la vez, interpelante. Una voz que se interroga a sí misma en una suerte de desdoblamiento, una voz que interroga al mundo, a un mundo contradictorio, amado y cruel al mismo tiempo, cargada de música interior y permeable al desconcierto, a la perplejidad que subyace en los hechos injustos e inexplicables.

En la poesía de Francisca Aguirre lo que prevalece es el desasosiego, la inseguridad, y una única certeza: el poema como espacio perdurable, como desafío al tiempo y a la nada, territorio de la incertidumbre, en definitiva.

Fragmentos de El círculo de Ítaca de Francisca Aguirre en Ensayo general (Poesía completa, 1966-2000) Madrid. Editorial Calambur, 2000.

Triste fiera

En la noche fui hasta el mar para pedir socorro
y el mar me respondió: socorro.
Fui hasta el mar y lo toqué
con cuidado, como se toca a un animal equívoco,
un animal que se come la tierra
y en su límite último intenta confundirse con el cielo.
Fui hasta él con la inerme disposición
con que nos acercamos a lo desconocido
esperando una respuesta mayor que nuestra dolorosa pregunta.
Antes yo había mirado toda mi isla
para llevarla conmigo hasta su sal.
Había agrupado todo mi territorio en la retina
y fui con él al mar: era
tan suyo como mío.
Ítaca y yo fuimos al minotauro acuático
para pedir socorro
y el mar nos respondió: socorro.
Triste fiera: socorro.

Ítaca

¿Y quién alguna vez no estuvo en Ítaca?
¿Quién no conoce su áspero panorama,
el anillo de mar que la comprime,
la austera intimidad que nos impone,
el silencio de suma que nos traza?
Ítaca nos resume como un libro,
nos acompaña hacia nosotros mismos,
nos decubre el sonido de la espera.
Porque la espera suena:
mantiene el eco de voces que se han ido.
Ítaca nos denuncia el latido de la vida,
nos hace cómplices de la distancia,
ciegos vigías de una senda
que se va haciendo sin nosotros,
que no podremos olvidar porque
no existe olvido para la ignorancia.
Es doloroso despertar un día
y contemplar el mar que nos abraza,
que nos unge de sal y nos bautiza como nuevos hijos.
Recordamos los días del vino compartido,
las palabras, no el eco;
las manos, no el diluido gesto.
Veo el mar que me cerca,
el vago azul por el que te has perdido,
compruebo el horizonte con avidez extenuada,
dejo a los ojos un momento
cumplir su hermoso oficio;
luego, vuelvo la espalda
y encamino mis pasos hacia Ítaca.

Desde fuera

¿Quién sería el extraño que quisiera
conocer un paisaje como éste?
Desde fuera, la isla es infinita:
una vida resultaría escasa
para cubrir su territorio.
Desde fuera.
Pero Ítaca está dentro, o no se alcanza.
¿Y quién querría descender al fondo
de un silencio más vasto que el océano?
Silencio son sus habitantes,
silencio y ojos hacia el mar.
Desde fuera
las aguas son caminos
-desde la playa son sólo frontera-.
¿Y quién sería el torpe navegante
que entraría en un puerto sin faro?
Desde fuera los dioses nos contemplan.
Desde aquí, no hay un pecho
capaz de cobijarlos:
los dioses son palabras; con el silencio mueren.
¿Alguna vez la isla fue distinta?
Quién lo puede saber desde el aturdimiento.
Sin palabras, sin dioses, Ítaca es sólo el mar
y un cielo que la aplasta.
Penélope:
¿quién sería el extraño que quisiera
comprobar tu trabajo?

Los camaradas

Pero aquí nadie viene voluntariamente,
nadie quiso seguir esta ruta,
ninguno vino a fondear en la bahía.
Sólo llegan los náufragos,
los doloridos seres que arroja la marea,
los desolados que ni pañuelo tienen,
sólo ellos llegan y sólo ellos son
los asombrados visitantes de la isla.
Al principio hablan unos con otros:
confrontan los detalles de una idéntica historia,
se hacen confidencias extenuantes
y se estrechan las manos reconociéndose.
Durante un breve tiempo la desdicha los une.
Luego viene el desgaste,
las palabras los siguen como cuervos.
Empieza entonces el verdadero tiempo de la isla,
su clima auténtico.
Muy pocos lo soportan,
muy pocos se acostumbran.
La mayoría intenta respirar.
Hacen muecas extrañas,
parecen animales buscando una salida
(los más feroces van hasta el desastre).
Unos pocos tan sólo permanecen tranquilos.
Pero se quedan mudos:
mucho antes de que irrumpan
avanza su silencio;
son un cortejo disgregado,
un arenal en marcha
ellos podrían ir a cualquier parte:
porque donde ellos van allí comienza Ítaca.

Sísifo de los acantilados

Sólo tú, serpentina de sal,
mantel de espuma
que, puntual, se extiende hasta mis pies:
sólo tú escuchas mis palabras partidas.
He olvidado los dioses, y sus templos:
la sal me trajo hacia su origen: hacia ti.
Lágrima desatada
Sísifo de los acantilados
qué ausencia buscas en la orilla,
qué pérdida es la tuya
que te obliga a arrastrarte
sin futuro.
Sólo tú, empujón húmedo
escuchas
esta desolación
que te añado a diario
como si fuese tu alimento.
Sólo tú, sólo tú, acaso entiendes:
Telémaco sigue creciendo.

El oráculo

Has ido una vez más hasta la orilla
y esta vez has mirado el horizonte
con la avidez del fugitivo.
Te has preguntado con tristeza
quién notaría en Ítaca tu ausencia:
el mar hacia el que siempre miras,
el cielo al que nunca preguntas,
la tierra que te espera segura.
Naturaleza impávida son tus vínculos.
¿Piensas ahora en destruirlos,
piensas en escapar negando
ese sendero que han formado tus pies?
Lo sientes, no lo piensas,
no se puede pensar la ruina.
Miras las aguas con premura:
con premura cansada.
Eres como un oráculo que no cree en el futuro.

La espera

Lo mejor que podemos hacer es no asustarnos.
Ya sé que no resulta fácil atenazar el miedo.
Pero también el miedo une. Es cuestión de saberlo
y no menospreciar esa sabiduría.
Calma, mucha calma,
en medio del terror tambié nse puede tener calma;
casi diría que es imprescindible.
Moverse con cuidado, calcular bien los movimientos:
un paso en falso puede significar la destrucción
Miedo, naturalmente. Mucho miedo:
nadie quiere desintegrarse.
Pero también el miedo integra. No olvidarlo.
Por descontado: esa tarea no resulta alegre,
pero en casos como el presente
lo más seguro es ver los hechos con realismo.
Nada ayuda tanto como la realidad.
Lo mejor que podemos hacer
es mirar con afecto a la consolación;
cuando se tiene miedo los consuelos no se desprecian.
Cualquiera puede morir,
pero morir a solas es más largo.
Y si el miedo sigue creciendo,
apoyar una espalda contra otra. Alivia.
Infunde cierta seguridad
mientras dura la espera, Telémaco, hijo mío.

El viento en Ítaca

Sentada ante su bastidor, ella fue dueña
del lentamente desastroso Imperio de los días.
Sus manos la pesada tarea asumieron
y una constancia más fuerte que el cansancio
junto a ella se sentó.
(Frente a la terquedad de su dedos fabriles
el mar entonces fue sólo una gota mesurable
y el horizonte un mirador en torno a Ítaca.)
Un viento de regreso silbó una madrugada:
despertar fue asomarse a un campo de batalla asolado.
La luz fue descubriendo la figura sentada
que acariciaba compasivamente la tela dactilar,
su patrimonio de trabajo y de horas,
sus madejas de canas.
(Una costumbre de quietud
y una tristeza como un perro a sus pies
la rodearon de silencio.)
Lejos resonaba la voz de Ulysses.
Frente a su bastidor, desesperadamente,
ella intentaba recordar un nombre,
sólo un nombre:
el que gritaba Ulysses por las calles de Ítaca.

Otros textos de Francisca Aguirre en la red.

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Written by Carina Maguregui

19 marzo 2004 a 11:35 PM

Publicado en Arte, Textualidades

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Una respuesta

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  1. […] Miguel Hernández. Francisca Aguirre (Alicante, 1930) é unha poeta serodia e o seu primeiro libro Ítaca, que publica en 1972 con 42 anos e que pasou bastante desapercibido polas condicionantes da época, […]


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