Producciones no domesticadas

Narrativas laberínticas y rizomáticas

El Bosco habría pintado la destrucción de Irak

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En el 1500, sus pinturas ya representaban la ferocidad de la globalización y la catedral medieval era Internet. ¿Qué decía el Bosco con sus escatológicas formas y colores? ¿No nos contaba que el hombre es un loco que pretende curarse de la estupidez extrayendo una piedra de su cabeza? Según las pinturas del Bosco, el hombre es un ignorante y patético ser que vive en una barca cegado por comer, beber y divertirse sin darse cuenta de que la barca viaja a la deriva hacia la condenación.

Capitalismo añejo

En Hertogenbosch o Bosch, una ciudad holandesa, nació y vivió Hieronymus van Aeken (1450?-1516), más conocido como Jerónimo Bosch o el Bosco (como lo llamaron los españoles). El lugar era en aquella época un centro de gran actividad comercial y también espiritual, había no menos de 17 monasterios.

Este contraste entre lo monetario/material y lo prístino llama la atención. ¿Es posible que en medio de este trajín comercial pueda salvarse el alma? Deshumanización frente a la globalización… el mismo problema desde el 1500 hasta hoy. Parece que esta pregunta obsesionaba al Bosco y la respuesta que pintaba era muy pesimista o acaso deberíamos decir conocedora de la condición humana.

Heno o petróleo…cambian las épocas pero no las mañas

El Bosco fue, sin duda, uno de los más sarcásticos y ácidos narradores de cuentos sobre las locuras y debilidades de los hombres. En un tríptico muy extenso El carro de heno desarrolló su visión pesimista del mundo. En esta obra el Bosco pintó a Dios cuando expulsa a los ángeles rebeldes y en el cielo se desencadena una lucha furiosa.

Desde entonces la humanidad sólo se preocupa por obtener los vanos placeres de este mundo, por tomar la máxima cantidad de heno del carro. Los placeres del mundo son como heno y todos, incluídos reyes y papas, toman cuanto pueden. Los encumbrados y poderosos, a caballo, van a cierta distancia del carro pero sin perder de vista el heno. ¿Les suena? ¿Qué pasa si cambian el heno por petróleo?

La clase baja, representada por los paisanos, y por otro lado los burgueses, las monjas y el clero, arrancan manojos de heno como pueden y se trenzan en peleas burdas por acceder primero. Pero nadie, absolutamente nadie, pobre o poderoso, se da cuenta que la carreta con su carga de placeres efímeros es conducida por monstruos hacia el infierno y la perdición.
Mientras tanto en el infierno se está construyendo una torre con las almas de los infelices condenados y a lo lejos crepita rugiente el fuego del castigo.

Esta es la concepción del mundo del Bosco: la corrupción de las costumbres. Y allí tenemos preanunciado uno de los peores males de nuestro tiempo: la corrupción, retratada en todas sus formas. Nada nuevo bajo el sol, porque los humanos seguimos siendo humanos. Un bibliotecario de la época escribió al Rey de España: “Las obras del Bosco son una sátira pictórica de los pecados y delirios de los hombres”.

Las páginas de la catedral

El Bosco hizo del infierno su finca particular. Llegaría a ser el creador consumado de demonios y el experto supremo en fuegos infernales. El tema de los demonios era bien conocido en Bosch, su aldea natal, pues allí estaban construyendo una catedral grandiosa. Y en lo alto, sentadas a horcajadas sobre los contrafuertes salientes, los artesanos dieron vida a extrañas esculturas en piedra.

Nadie puede dejar de maravillarse frente al espectáculo que ofrece, por ejemplo, una catedral medieval. ¿A qué se debe el encantamiento en el que cae cualquier espectador que la observa con atención? Una respuesta posible podría ser que la catedral es una metáfora del mundo. “Todas las criaturas de Dios pueden entrar allí”. Este fue el pensamiento dominante de los artistas de la Edad Media, quienes siguiendo su fantasía, poblaron la casa de Dios con todas las plantas y los animales de la creación.

Gracias a estos admirables artesanos, la catedral es un “ser vivo, un árbol gigantesco, lleno de pájaros y flores. Parece más una obra de la naturaleza que una obra de los hombres. La catedral puede reemplazar a todos los libros”. Lo cierto es que las catedrales, y todas las obras monumentales, pueden verse como imágenes del mundo, como compendios de la historia y, en muchos casos, como espejos de la vida moral.

Esta fauna hiperbólica representada por gárgolas fantásticas y escenas de un realismo sin límites nos deja estupefactos. Será porque los monumentos y las grandes construcciones de cualquier tipo fueron las primeras traducciones concretas del pensamiento humano.

Grafittis medievales

Antes de la invención de la imprenta el pueblo sólo contaba para instruirse con las leyendas esculpidas en los pórticos de las iglesias, ya que los manuscritos sólo podían ser descifrados por unos pocos privilegiados.

Por ello, la catedral ha podido ser comparada con una vasta epopeya que contiene las inspiraciones, los terrores, las esperanzas y los rencores de todo un siglo. En su seno, lo sublime se codea con lo grotesco y el genio más prodigioso se une a la sencillez más primitiva. Estas audacias de un cincel que nada detiene son algo parecido al testimonio de una fuerza que aún se desconoce pero que suena vagamente con emanciparse.

Los millares de artesanos que se consagraron a la construcción de las catedrales soñaron con la conquista del paraíso, en un arrebato de entusiasmo del que jamás hubo otro ejemplo. Pero también quizás, en su fuero íntimo, no bien quedaron libres de su servidumbre, quisieron construir un monumento a la gloria de la divinidad que dominaría desde su altura las mansiones feudales que les recordaban su esclavitud y sus humillaciones.

El pueblo creyó que encontraría esta igualdad -quimera que no ha dejado de perseguir a lo largo de la historia de la humanidad- en el frontón de las iglesias, lugar en el cual villanos y señores se confunden, mientras esperan ese otro mundo en cual el reconocimiento no será una mera palabra.

Las escenas o los personajes representados en las catedrales a veces están cubiertos con el velo de la alegoría, pero éste no puede disimular a la perfección las formas reales. La vida de todos los días se traduce en un lenguaje de enceguecedora claridad.

El hombre coloca en el lugar santo a sus compañeros de trabajo, a los animales en cuya companía vive, a sus hermanos inferiores. Si reunió bestias apocalípticas con dragones y quimeras lo hizo motivado por un afán lúdico. Si estos trabajadores de la piedra cubrieron de imágenes burlescas los elegantes capiteles y columnas ha sido por pura fantasía y capricho de sus espíritus creativos.

Esta tolerancia forma parte de las costumbres de la época. Ella se ejercita tanto en los santuarios como en la calle. Y así en la literatura como en el teatro y en el arte en general, hubo plena indulgencia para las debilidades humanas.

La sátira, el cinismo, la farsa y el misterio participaban de una crudeza de expresiones no amenazada por poder alguno. Las ciencias ocultas, la astrología, la alquimia, también encontraron su lugar en las catedrales. En el porche del norte de la catedral de Chartres hay un personaje conocido como Magus, que sintetiza de modo manifiesto las búsquedas herméticas.

La medicina misma está representada en las iglesias de Ruán de Sens, de Laón, de Auxerre y de Reims en forma de un médico que examina las orinas a la altura del ojo. Es asombrosa la cantidad considerable de documentos médicos que ilustran las catedrales. En Ruán existen dos esculturas de madera que representan de manera exacta dos operaciones de pequeña cirugía. Flebotomías y sangrías pueblan los recónditos espacios de estos edificios.

Hipertextos de piedra

La variedad e infinidad de temas y la tolerancia y libertad inusitadas en estos hipertextos arquitectónicos nos recuerdan las bondades de Internet. Si agudizamos los sentidos notaremos que estos hipertextos nos hablan de los hombres. En realidad, son otros hombres los que nos hablan a través de sus producciones. Son aquellos que nos precedieron en el camino quienes nos maravillan con sus testimonios de vida y al hacerlo nos describen tal cual somos.

Para eso están las gárgolas divertidas, aburridas, alegres y tristes. Algunas ejercitando sus oficios o bebiendo o tocando instrumentos musicales. Otras cubriéndose las caras. Las hay con rostros terroríficos que gruñen o aúllan o vomitan. Una verdadera pesadilla. Son el reverso de lo sagrado.

La gente de la época ¿temblaba realmente ante estas visiones de la vida y de la muerte? Difícil de creer. Lo que un espectador ve resulta mucho menos estremecedor de lo que su imaginación puede alcanzar. Los espectadores de antaño gozaban -como los de hoy- con las maravillas de estas invenciones fantásticas porque sus creadores ponían en ellas toda su capacidad de ingenio hasta el límite del refinamiento.

En la representación plástica de los infiernos del Bosco, las relaciones lógicas del mundo están invertidas. Las presas se convierten en predadoras. El conejo es el cazador soplando su cuerno de caza. Los objetos más cotidianos e inocuos metamorfosean en elementos que inflingen dolor. El laúd se transforma en cadalso y las cuerdas del arpa en instrumento de tortura. El hombre roe una frutilla gigante en el infierno, pues su sabor es sólo vanidad y tiene la escasa duración de un instante.

Ese instante se repite incansablemente a través de los siglos. Los nombres difieren y las velocidades aumentan hasta lo inimaginable pero el misterio de la singularidad humana sigue fiel a sí mismo. Nosotros somos el cielo y el infierno cotidianos.

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Written by Carina Maguregui

10 abril 2003 a 1:23 AM

2 comentarios

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  1. Iba muy bien con lo del Bosco, pero llegó al infierno y se perdió en otra dirección.
    De todas maneras, el resto del artículo es muy bueno, me aclaró sobre la mirada del pintor.
    Gracias.
    Posted by diosco at Abril 26, 2003 04:00 PM

    Diosco

    20 marzo 2004 at 5:47 PM

  2. Buenísimo el artículo del Bosco.
    ¿Me puedes informar dónde consigo litografías
    de sus trabajos?
    Gracias y felicidades nuevamente.
    Guillermina.
    Posted by Guillermina Rodríguez González at Noviembre 13, 2003 10:23 PM

    Guillermina Rodríguez González

    20 marzo 2004 at 5:48 PM


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