Producciones no domesticadas

Narrativas laberínticas y rizomáticas

El lugar radical de la diferencia

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Literatura y mercado en el contexto de la globalización
Frente al proyecto de la globalización neoliberal que propone como “literatura” a textos cómodos, referenciales y seriados que lleven al lector a disfrutar pasivamente de un correcto esparcimiento, Diamela Eltit apuesta a otro tipo de literatura. La escritora chilena dice que al hacer literario le corresponde hoy ese lugar radical de la diferencia en la medida que se establece como cuerpo de escritura y no como cuerpo consumible, domesticado, entregado de lleno a los dictámenes del mercado.

El cuerpo indomable de la verdadera literatura

(Texto de Diamela Eltit)

El cuerpo efectivamente es una construcción. Y como tal, también es múltiple y se fragmenta en distintos espacios. En este caso, me interesa explorar una de las tantas relaciones que establece el cuerpo múltiple, en especial la relación entre literatura y mercado en el contexto de la globalización neoliberal.

Desde luego la globalización es un discurso, es decir, un cuerpo cargado de ideología. Un cuerpo político que nos obliga a pensar detalladamente en torno a las estrategias de inserción de los discursos centrales y cuáles son los elementos de dominación que portan.

Es posible asegurar que el discurso globalizador es el que produce la globalización, es ése discurso el que actúa como dispositivo para desencadenar la globalización misma como política e ideología. Su política se funda en los más estrictos y radicales diagramas económicos para construir, a su vez, como diagramas económicos a los nuevos sujetos que el sistema requiere.

La globalización trabaja esencializando la tecnología para de esa manera tecnologizar al sujeto mismo y reducirlo a ser sólo una función en el engranaje de su proyecto. El problema no es la tecnología, que es necesaria y revolucionaria, sino su ideologización.

En este contexto, el sujeto queda en función del engranaje. Se convierte en un sujeto veloz, plagado de signos múltiples, atravesado por la variedad de ofertas que le depara una incitación al consumo. Un sujeto que de manera deliberada debe ser sobrefragmentado para garantizar así su exilio a cualquier pertenencia como no sea la pertenencia a sus marcados signos de despertenencias.

Sin pretender frivolizar los alcances perturbadores del proyecto globalizador también es posible examinarlo como una moda, un look con el que se visten, se envuelven, se cubren, se ornamentan los cada vez más transitorios y volubles capitales.

La inestabilidad que rodea al capital ocasiona de antemano su desvalorización, pero también estos capitales pendulares son una de las estrategias en las que se funda el proyecto. Como dato extremo no deja de ser curioso recordar que la última crisis financiera en Estados Unidos causó despidos que alcanzaron a gerentes de importantes compañías.

Las compañías, los empresarios, los gerentes, en tanto nuevos ídolos que rigen los escenarios políticos-sociales, son mostrados en los mercados financieros, medidos segundo a segundo en los noticiarios internacionales, glorificados o hundidos, acechados mientras compran masivamente, entre otros valores, las empresas de bien público a las naciones que aún las poseen.

Ya no sabemos si estamos bajo el yugo, subyugados por el aviso azul y amarillo de la telefónica española mientras atravesamos Lima, Santiago y Buenos Aires o somos nosotros quienes la mantenemos cautiva controlada a través de ese logo fijo imperturbable que se levanta de manera monótona en la diversidad de paisajes que lo acogen.

Los capitales españoles, por supuesto, ahora no fundan iglesias sino la conquista consiste en instalar su signo visual invariable en los paisajes sudamericanos como renovadas marcas de poder. Podríamos llegar más lejos y asegurar que los antiguos confesionarios que tantas palabras oyeron en los rincones de la iglesia hoy se han reconvertido en casetas telefónicas distribuidas a lo largo y a lo ancho de los territorios para volver a agitar los nudos que unen lo privado y lo público. Casetas en las que se cursan las actuales biografías sociales plagadas de éxitos o de conflictos, de sucesos y claro, por qué no, de pecados.

La globalización no es únicamente la confortable posibilidad de seguir minuto a minuto los pormenores de los terribles conflictos en Oriente y después comerse una hamburguesa plastificadamente alegre en el Mc Donald más cercano o escuchar una canción de raíz andina o mantener al día una tarjeta Visa que homologa a un viajero chileno con un ciudadano japonés a través de su uso o acceder a programas eróticos o musicales mediante Internet sino fundamentalmente es el modo de una reocupación ultracapitalista que se ejerce de manera múltiple e ilimitada. Una ocupación que obtiene las máximas ventajas en aquellos países cruzados por las deudas externas y las crisis internas.

La mano de obra más que barata, en verdad irrisoria, resulta crucial para el proyecto globalizador y más aún se convierte en la garantía de su discurso. En otras palabras, la realidad inversionista y el mercado deben ofrecer una mano de obra establemente barata para garantizar la permanencia de la compañía y el liderazgo siempre insuficiente en un medio febrilmente competitivo.
En este sentido se puede acuñar la noción de una realidad post-laboral. Una de las operaciones más sensibles que porta este proyecto radica en terminar con las estructuras laborales de un prolongado tramado histórico que apeló a la constitución de un sujeto conectado socialmente a múltiples instituciones. En cambio, en esta realidad neoliberal se trata de inocular en los cuerpos un desequilibrio análogo a la movilidad del capital, se trata de introducir el desprecio hacia el pasado. Lo digo en el sentido del pasado como sensación de ruina, de anacronismo.

La pretensión del discurso globalizador es romper cualquier contrato a largo plazo, eludir la estabilidad de los salarios, restringir los beneficios, reducir a niveles asombrosos al estado e incentivar esa prisa, esa desconfianza que permite que el sujeto no pueda sino volcarse sobre sí mismo y la única posibilidad que le reste para validarse ante los imaginarios sociales sea la elaboración de su propio proyecto.

En otras palabras, la propuesta parece ser que cada sujeto se convierta a sí mismo en una empresa. Es necesario insistir que se trata de un discurso crecientemente hegemónico. Un cuerpo envolvente que se instala con la dificultad de generar otros discursos que sean capaces de solventar una diferencia.

El lugar de lo literario

La potencia del discurso globalizador neoliberal no alcanza un correlato en otro discurso que lo equilibre, quizás porque la conformación de este nuevo escenario y la acumulación de capital que porta ha permitido desperfilar cualquier otra radicalidad que se le enfrente.

Dentro de este contexto transcurre el hacer literario, por ello, la escritura literaria debe afrontar un estado de crisis. En realidad, a lo largo de la historia, la crisis ha sido permanente porque paradójicamente este proyecto globalizador cuenta con un espacio para la literatura, de la misma manera con que cuenta con espacio para cada una de las prácticas susceptibles de competir en un mercado.

Pero ¿cuál es el lugar que le ofrece la globalización a lo literario? El interrogante surge a partir de las condiciones de ese espacio, es decir, ¿de qué manera se promueve la inclusión literaria en el interior del proyecto globalizador?

Desde luego, y no podría ser de otra manera, este proyecto piensa a la literatura como un producto competitivo en un mercado febril. En este sentido no puede sino fundir al autor y al libro en una común gestión empresarial. Así, las tensiones que provocan los libros y su permanencia o ausencia en los rankings de ventas puede ser analogizable, sin olvidar el alcance de cada uno, a los movimientos que experimentan las bolsas de valores.

Más allá de lo anecdótico, la literatura que está articulada en una carga abigarrada de signos estéticos definitivamente queda afuera del proyecto globalizador pues jamás va a ser capaz de responder a las estructuras que definen los productos artísticos culturales solicitados por la realidad neoliberal.

En este punto me parece necesario señalar que no se trata de pensar la literatura como ajena a la circulación y a la venta de libros, no pretendo apelar a una actitud romántica que en realidad establece una superioridad intelectual fundada en la exclusión y en el secreto, no se trata de eso.

Evidentemente lo literario, y esa es la tarea de una interesante política cultural, es un bien de consumo y como tal habita en los estantes, necesita un lugar en el presupuesto de los lectores, aspira a un análisis crítico y requiere de la realización de cada uno de los gestos protocolares que rodean su hacer.

Pero la globalización neoliberal no apunta al consumo de libros sino al consumismo y por lo tanto hace explotar el concepto mismo de lo literario en la medida que en este proyecto es el mercado quien produce lo que se entiende por literatura.

En general lo que se propone como “literatura” coincide con textos cómodos, referenciales, miméticos, seriados e ingeniosos que lleven al lector agotado por su realidad económica a disfrutar pacíficamente de los momentos de un correcto esparcimiento y allí están las estructuras de apoyo como la profusión de dudosos y millonarios concursos literarios, la gira de autores contando a través de medios masivos de comunicación el argumento de la última novela, ejerciendo el autoanálisis de cada uno de los relatos y por supuesto los detalles más privados de sus vidas personales.

Hay que entender que ninguno de estos mecanismos se debe a una iniciativa particular y espontánea sino que forman parte de un programa empresarial. Sin embargo, lo literario está liberado del efecto simplificador del libre mercado porque en definitiva no es asunto de voluntades, sino de la práctica literaria misma que se sustenta en el lenguaje y que inevitablemente va a quebrar la transparencia que requiere este neoliberalismo globalizado.

Al hacer literario hoy le corresponde ese lugar radical de la diferencia en la medida que se establece como cuerpo de escritura y no como cuerpo consumible, domesticado, apaciguado, entregado de lleno a los dictámenes externos.

La escritura literaria no es inocente, ni fácilmente decodificable, porque no es transparente. No lo es puesto que porta una decisión en su trabajo con los signos y en tanto opción implica una determinada política textual comprometida sólo con el recorrido que le dicta su deseo. Su remanente de goce irreductible es parte de su política y de su poder, me refiero al goce que provoca la articulación de sentidos superpuestos que le dan espesor estético a un trabajo literario y permiten una lectura abierta a una multiplicidad de interpretaciones.

Inevitablemente, la obra literaria tiene una tradición, está tejida con otros textos y, por lo tanto, tiene un anclaje en el pasado. Pero además ha puesto la perdurabilidad en el tiempo, una permanencia que no se funda en lo sagrado sino en la opacidad y resistencia que portan los signos siempre irreverentes ante el sentido común, disidentes con los mandatos oficiales. El libre mercado, en cambio, se opone a la perdurabilidad y está afiliado a la moda, a la temporada y especialmente a lo que viene.

En síntesis, la crisis que amenaza el hacer literario ha sido parte de su historia y es asombrosamente análoga a las historias de interrogantes y rebeldías con las que trabaja. La crisis esta ahí porque es la matriz de la escritura literaria. Esa matriz consiste en la ruptura con el uso instrumental del lenguaje o la interminable batalla por apuntar a un sentido.

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Written by Carina Maguregui

27 marzo 2003 a 8:13 PM

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